Una esperanza que (…) se encuentra no en lo extraordinario sino en lo más sencillo y cercano…
Solo hay que pararse, un momento, a contemplar lo dado, más allá del desastre y los desastres, deshaciéndonos de las pantallas y de esas palabras que han sido pervertidas por la costumbre y por su uso traidor e insidioso, despojados de todo, en fin, lo que nos aísla de la belleza y de los demás, y aprender a ver, de nuevo, esa sencillez y toda esa inocencia contenida en lo que nos rodea y dejarnos llevar de la mano por ella.
No hace falta ser ángeles ni mesías para comprenderlo (…). Solo es cuestión de encontrar la “flor rebelde” en nuestro interior”.
