“Ausencias en Navidad” de María Teresa López

Hay fiestas entrañables que están pensadas para llevarnos a lo más recóndito del alma. La Navidad se nos muestra, la vivimos, como algo bello, alegre. Una fiesta llena de  júbilo y color. No en vano, conmemoramos el nacimiento de Jesús. Él nos trajo el más preciado mensaje de amor y paz. Por ello a primeros de diciembre (cada vez se empieza antes) se vislumbran las luces colocadas estratégicamente, los adornos en escaparates, los anuncios de compras. Se nos habla de regalos y artículos que supuestamente no pueden faltar en nuestra mesa o en nuestro hogar (ahí ya entraríamos en la parte comercial en la que el consumismo ha ido ganando terreno), y así, poco a poco, nos vamos adentrando otro año más en ese ambiente festivo y de encuentro.

 

En ese contexto nos vienen a la mente imágenes de ventanas llenas de luz, donde se siente el calor de hogar, con grandes árboles decorados para la ocasión y esas  pequeñas  figuras representando el nacimiento de Jesús en el portal de Belén;  donde las reuniones familiares son las protagonistas, siempre alrededor de una mesa llena de manjares que nos esforzamos por acomodar en nuestro estómago. También  en estas fiestas nos acercamos más a esa cara menos amable de bolsillos más pobres y, al rostro de la soledad que desgraciadamente está cada vez más presente en nuestra sociedad y que en éstas fechas se intensifica aún más por lo expuesto anteriormente.

 

Y así año tras año van pasando navidades sin apenas darnos cuenta. Y recordamos las de cuando éramos niños con esa ilusión espontánea que nos llevaba a cantar villancicos por cada rincón de la casa, con esa magia e inocencia que envuelve la niñez, ajena a todo lo que no sea su propio mundo. Ya en la adolescencia y juventud se viven de manera distinta, donde los grupos de amigos y las parejas toman especial relevancia. Después, llega el momento de formar  nuevas familias y es ahí,  cuando llegan niños al hogar,  la Navidad vuelve a brillar con esplendor. La buena nueva se hace presente y el mensaje renace.

Pero hay otra cara en Navidad: la cara de las ausencias, esas ausencias que hacen que la Nochebuena ya no sea tan  buena como antes, y las fiestas tengan ese sabor agridulce. No hablo de ausencias de una noche, ni de unos días, ni tan siquiera de unos meses; hablo de ausencias perennes, esas ausencias tempranas o esas ausencias de alguna forma asumidas por lo que llamamos ley de vida, pero que no por ello dejan de doler, y que,  nos sumergen en una sensación de orfandad, de vacío difícil de llenar.

Este año en mi mesa, en mi hogar, como en tantas otras mesas y hogares, habrá una ausencia muy presente. Son ausencias que deambulan por nuestro corazón como si estuvieran en casa, y nos dejan en la retina esas fotografías permanentes de emociones y recuerdos que en estas fiestas si cabe, se hacen más presentes. Y aunque esas sillas vacías ya nunca se han de llenar…solo las sonrisas de los niños (esos niños que cada vez nos nacen menos) pueden traernos la magia de ese mensaje de amor y paz, ese sutil toque que recorre nuestro ser y se hace ilusión y bondad. Solo los niños con su alegría natural nos pueden salvar de alguna forma si ello es posible, estas ausencias. Nos pueden traer de nuevo, la magia de la Navidad.

Felices Fiestas.