“ISTANBUL CIUDAD PALIMPSESTO” de Elena Rojo García

   “Te miré, hablando eras todavía más bella”. Yahya Kemal

 

 

 

Como cada año, nuestro Congreso Internacional se nutre de trabajo y ocio. La aproximación a la cultura y las gentes del lugar que nos acoge, forman parte esencial del mismo. 

Tras aterrizar en el Aeropuerto Internacional Sabiha Gölken, en el lado asiático,que toma su nombre de la primera aviadora turca, nacida en 1913, Estambul nos recibió con la noche iluminada gracias a las luces de neón reflejadas en los ventanales de los rascacielos, que junto a las cúpulas y alminares de las mezquitas, trazan un Skyline lleno de contrastes.

Atravesamos el Bósforo por uno de los puentes que unen la zona asiática a la europea, para llegar hasta nuestro hotel,situado en el corazón del barrio de Taksim. De pronto, las callejuelas se volvieron estrechas y empinadas,dibujando un panorama de casas  con dos o tres alturas de aspecto abandonado,pero habitadas. Nos llamó mucho la atención que los comerciantes de comestibles no recogieran la mercancía llegada la noche. Frutas, verduras y agua embotellada, permanecían expuestas e intactas hasta el día siguiente cuando llegaba la hora de abrir el comercio.

Estambul posee un halo mágico y profundo muy fácil de explicar. Ciudad palimpsesto, en ella convergen siglos de historia y transformaciones que le han ido aportando personalidad, belleza y luminosidad. Su centro histórico se desparrama por unos distritos cuyo nombre a día de hoy no dicen mucho; en cambio, hace cien años eran los nombres de mercados y talleres artesanos que ocupaban un lugar importante en la vida de la ciudad y fomentaban su prosperidad.

Si tenemos en cuenta que, como turistas con poco tiempo, solo nos movimos por el casco histórico, enorme pero delimitado, las distancias se convirtieron en casi un suspiro gracias a su extraordinaria red de transporte público. Autobuses, tranvías, metro, ferris, funiculares, modernos y eficientes, llegan a cada rincón de la metrópoli.En la red de metro, nos sorprendió ver indicaciones con caracteres chinos, el gigante asiático, no pierde oportunidades, e imparte cursos gratuitos de este idioma.

La Torre Gálata, en lo alto del barrio de Pera, actual distrito de Beyoglu, sobresale  orgullosa, atenta al latido de la ciudad, desde que fuera erigida en el siglo XIV por los genoveses asentados en Constantinopla. Su mirador ofrece unas vistas espectaculares del Bósforo, el Cuerno de Oro y del viejo puerto, que llegó a ser uno de los más importantes del mundo.

A unos minutos a pie de la Torre, tomamos Istikal Caddesi, este bulevar peatonal es una cosmopolita arteria comercial que rebosa vida.Goza de notables ejemplos de arquitectura Art Nouveau. En la actualidad, estos edificios, albergan consulados, galerías de arte, teatros, salas de cine y modernos comercios. La calle se encuentra salpicada a uno y otro lado de tradicionales pastelerías,  la mayoría,  que llevan allí  desde el siglo XIX, han evolucionado para no perder el ritmo de la ciudad y sus moradores. Los heladeros hacen piruetas imposibles con el género antes de ofrecerlo al sorprendido comprador, vendedores de castañas asadas exponen la mercancía dispuesta en pequeños montones, parecen deliciosos bombones de chocolate blanco y negro. Un emblemático tranvía recorre la avenida peatonal que desemboca en la Plaza Taksim.

Durante el relajado paseo por Istikal, vemos muchísimos gatos, presentes en toda la ciudad. Bien cuidados, alimentados y mimados por los habitantes de Estambul, que adoran a estos animales, los mininos pasean y se dejan tocar con la tranquilidad del que se siente protegido. Nos choca ver hombres con aparatosos vendajes alrededor de la cabeza, los implantes capilares a buen precio, atraen a quienes desean recuperar la cabellera perdida.

En la explanada de Sultanahmet, la Mezquita Azulmira altiva, con sus seis minaretes, hacia la milenaria Ayasofya. Para la construcción de la primera, se derribaron cinco palacios de visires. Muy cerca de allí, Yerebatan Sarayi (antigua cisterna bizantina), esconde dos formidables pilares con cabezas de Medusa.

El barrio de Eyoüp, un poco apartado del centro, cuenta con dos atractivos; el mausoleo de Abbu Ayup al Ansari, dentro del recinto de la Eyoüp Sultan Camii,  importantísimo centro de peregrinación para el creyente musulmán,y la subida al Café Pierre Loti, con unas impresionantes vistas del Cuerno de Oro y sus puentes.Para ello, tomamos unas escaleras que discurren por el medio de un cementerio, sin tapia alguna que separe la ciudad de los muertos de la ciudad de los vivos, montones de gatos salen al paso para recibir su ración de mimos y caricias.Nunca vi unos gatos más hermosos y zalameros que los de Estambul.

En Eminönü, merece una visita el Bazar Egipcio, que data del siglo XVll, una reciente remodelación le ha hecho perder gran parte del sabor que concede el paso del tiempo a los lugares. Para reponer fuerzas, resulta recomendable degustar el popular bocadillo de caballa ofertado en cualquiera de los locales próximos al puerto.Muy cerca de allí, se puede tomar un ferry, por ejemplo a Kadiköy  y cruzar a Asia por un módico precio. Es una zona ideal para hacer compras, sin verse asaltados por los vendedores como en las zonas más turísticas. El contraste con la encorsetada Eminönü ese vidente, aquí los jóvenes visten a la última, las mujeres llevan su cabello al descubierto y se ven parejas del mismo sexo cogidas de la mano.

A pesar del crecimiento desmesurado de la urbe, hemos podido comprobar la hospitalidad y humanidad de los habitantes con los que hemos tenido la suerte de tratar.

La fabulosa belleza de Estambul desafía los sentidos, con sus múltiples versiones, se presenta frente a nosotros como una flor rica en matices, sinfonías y colores imposibles de descubrir en un solo viaje.